Pasé mi vida intentando huir. Cada pared que horadaba me tomaba meses, y
sólo hallaba otra habitación terminada en un muro similar. Otra vez
meses de uñas arrancadas, de desarmar piedras con mis solas manos y mi
boca destruida.
Cuando desesperaba de todo, llegué a una pared diferente.
Miré
las enormes losas, toqué una. Cedió hacia fuera. Viento, luz, la
sensación del exterior. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Toqué la losa
de al lado. También cedió, se abrió. Luz. Cielo. Libertad. Esta emoción
que nunca había sentido.
Así pasaré el resto de mi vida:
abriendo las puertas de una cárcel imposible, por primera vez libre como
nadie y, como nunca, por primera vez, infinitamente preso.
Dona
Tres y algo A.M., 12.19.16.15.0 (en cristiano, 08.11.2009)
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